lunes, 25 de noviembre de 2013

DE “LA CAIDA DEL IMPERIO ROMANO” A “GLADIATOR”


-1) “THE FALL OF THE ROMAN EMPIRE” (“LA CAIDA DEL IMPERIO ROMANO”), DE ANTHONY MANN (1963) -  
2) -“GLADIATOR” (“GLADIATOR”), DE RIDLEY SCOTT (2000)
                                                                       O
 - LA HISTORIA DEL EMPERADOR CÓMODO EN EL CINE-
                               La idea de este escrito surgió en una cena a partir de una conversación entre hermanos y amigos sobre los títulos arriba mencionados y cual es mejor, el antiguo o el moderno (ahora quizás ya no tan moderno). La misma historia filmada en 1963 y en  el 2000. Se trata de dos “péplum” o sea de dos películas de “romanos”, aunque posteriormente la denominación se extendió a toda película (seguramente sea la comodidad y el archivo los elemento más importante para esta designación) sobre la Antigüedad, trate de romanos, griegos, egipcios, babilonios, israelitas, hititas, asirios, galos, hispanos, germánicos, británicos, etc. (incluso he oído denominar “péplum” a un film como “Las Cruzadas”, el cual acontece en la Edad Media).
Centrándonos en el cine actual podríamos decir que gran parte de él es impersonal. Los realizadores, hablando en términos generales, no tienen estilo propio, son amanuenses al servicio del productor (en muchas ocasiones el cine es un negocio más y nada saben de “arte” y lo que esta palabra significa, o sea, son comerciantes) y rodarán con más o menos eficacia lo deseado por quien pone el dinero. En el campo técnico los directores de cine adoptarán los vicios de una forma que ha desembocado en un círculo degenerativo o callejón sin salida (muy difícil de evadirse de él) aparte de adaptar/adoptar las costumbres/estilizaciones propias del lenguaje televisivo. Así, el resultado de todo ello será los planos atropellados, gratuidad en abundancia, escenas prescindibles, a veces exceso de montaje entrecortado, uso abusivo del zoom, del gran angular, del “ojo de pez” e incluso de los picados, contrapicados y planos cenitales (elementos usados en contadas ocasiones y con “sabiduría cinematográfica” por los llamados “clásicos”, tanto primeras figuras como por los “artesanos”), la búsqueda de la acción continua y espectacularidad, violencia también gratuita, exacerbación del sexo, la falta de reflexión, la poca imaginación de unos guiones (muchas veces beben en las fuentes del cine antiguo y otras son pálidos “remakes” sin otra intención que la de ganar dinero). Es, hablando en general, repito, un cine sin carne, sin sangre, sin alma y con una apabullante, defectuosa  e inadecuada semántica cinematográfica la cual a muchos nos importa y a otros el lenguaje del cine les trae sin cuidado, se tragan todo con tal que responda a sus gustos, para ellos el cine es diversión y su función es la de un pasatiempo. Resultado: por más que algunas películas americanas, sobretodo, tengan éxito en taquilla (debidamente “preparadas”) y haya algún acierto artístico, existe desde hace tiempo una gran deserción de las salas cinematográficas.
También existe el hecho de discutir, en el buen sentido de la palabra, de hacer propaganda, de fomentar también un cine con intenciones “políticas” (en España sabemos de esto, especialmente en los últimos años con subvenciones y prebendas al grupito repartidor del pastel mientras otros circulaban por la triste senda del paro o de buscar otros campos fuera del cine). De ello --- pocas veces se ha sacado el tema a colación --- la historia nos demuestra que las obras maestras quedan para siempre, al igual que las sobresalientes o notables, incluso las aprobadas pero las malas desaparecían mientras que ahora se discute y protege a films intragables a los cuales se les intenta hacer perdurar, aquí, p. e. se esfuerza en colocar dentro del acervo cultural --- popular y/o elitista, da igual --- al cine de Almodóvar o Amenábar y, en menor grado quizás, el de Santiago Segura.
No es este el caso de Ridley Scott, su “Gladiator” pese a los momentos que cede a estos defectos del cine actual tienen otros bastante conseguidos.
I)- SOBRE ANTHONY MANN
La carrera de Mann sigue una progresión clara hacia la pureza y la simplificación” (Jeanine Basinger)
Emil Anton Bundmann (1906- 1967), conocido cinematográficamente como Anthony Mann, era hijo de emigrantes alemanes de origen judío, profesores de filosofía. Mostraba ya de pequeño aptitudes y vocación para el teatro. La familia de Anthony Mann residía finalmente en Nueva York y cuando falleció su padre coincidió con la entrada en el medio que tanto le gustaba, después de algún trabajo temporal, desempeñando todas las tareas propias del teatro: diseñador en decoración, director de escenas, ayudante de producción, actor, etc. Más adelante descubrió que su vocación principal era dirigir. Ya hablamos (en el ciclo de Westerns de Anthony Mann con James Stewart) de su entrada en el cine de la mano de David O’Selznick como ayudante de cámara, montaje y “cazatalentos” hasta la disolución de Selznick International Pictures en 1941para un año después dirigir sus dos primeros films: “Dr. Broadway” (Paramount) y “Moonlight in Havana” (Universal). Su debut, “Dr. Broadway”, un serie “B” como todos los de su década inicial (42-49) lo acabó como pudo (en escenarios naturales o de otros platós), reduciendo el rodaje más de lo previsto --- algo terrible para un director sin experiencia --- y bajo la amenaza que su plató debía ser utilizado por el ya consagrado Cecil B. DeMille  a la mañana siguiente.
Desde sus inicios hasta 1949 (siete años) realizó una veintena de películas de serie B, lo cual resultó muy provechoso para su aprendizaje --- algunas en deplorables condiciones según declaró --- tocando el musical y, sobretodo, el cine negro en el cual nos dio una serie de obras, olvidadas durante tiempo, las cuales han conocido la resurrección gracias a la reivindicación del director y al invento del Vídeo y del DVD. Mann dio en la década de los 50 una serie de magistrales westerns debidos a su tenacidad y estilo propio y por ello fue reconocido, aunque tarde, como creador a pesar que su primer western, “La puerta del diablo” (1950), con Robert Taylor, no obtuviera una buena respuesta en taquilla. En total once westerns de los cuales cinco fueron protagonizados por James Stewart.
Hablamos ya de su estilo nítido y pragmático sin aditivos, barroquismos ni artificios inútiles, no a lo superfluo, si a la cuidada composición del plano, presente ya en su etapa de aprendizaje (aunque no desarrollada en su totalidad y no por falta de ganas) donde brotaba una planificación original y conseguida (en ocasiones, especialmente durante las escenas de acción) coexistiendo con un resto en el cual había secuencias rutinarias y propias del cine B. El cambio (lógico) evolutivo de la cinematografía (blanco/negro- color, sistemas de filmación, p. e.) no modificó el método de rodaje y el estilo de Mann. Para Mann lo más importante son las imágenes, dando siempre gran preponderancia al movimiento, la colocación de la cámara y el montaje para exponer la mayor oferta del contenido planificativo en función del significado sobre la historia a narrar mientras los diálogos, sin negar su valor, tenían una función complementaria dentro del haz de estos elementos citados. Así, la semántica en el cine de Mann se produce por la contención a través de la composición. Al empezar en la serie B se preocupó siempre de reforzar la historia llevada entre manos mediante la profundidad y elegir una narrativa más sencilla, trabajando siempre en los guiones (muchos de los de serie B eran infumables, teniendo que cargar además con actores que “recitaban” a duras penas sus diálogos) para resultar, a través de la cámara, un relato fílmico más sencillamente asequible al espectador. Este procedimiento --- transmutado  en gran valor cinematográfico --- le acompañó durante toda su vida profesional, incluso ya reconocido como gran realizador con más libertad de acción sobre guiones, actores y rodaje.
Siguiendo a Jeanine Basinger (1) veremos como la carrera profesional de Mann se divide en cuatro partes: I)  Inicios, II) Cine Negro, III) Westerns y IV) Épico. En los puntos I y II anuncia lo que vendrá a continuación: sus grandes obras y su reconocimiento como uno de los grandes --- recordemos que entre sus magníficos westerns tiene una película bélica, sobre la guerra de Corea, “Men in War” (“Los diablos de la colina de acero”, 1957), para mí de lo mejor del género que, lejos de ser una más de héroes victoriosos, es una reflexión sobre la supervivencia y lo absurdo de la guerra --- y el IV, épica, para muchos es el de la decadencia pero en absoluto sobre sus cualidades de realizador. Al fallar algún film en taquilla y tras la frustración de “Espartaco” (1960) viajó a España (recordemos que de 1958 a 1963 estuvo casado con Sara Montiel) para rodar dos películas para el productor independiente Samuel Bronston (Moldavia, 1909- 1990): “El Cid” (“El Cid”, 1961) y “The Fall of the Roman Empire” (“La caída del Imperio Romano”, 1963).
-PUNTO Y APARTE PRIMERO CON SAMUEL BRONSTON- Había nacido en Moldavia, trabajó en la M. G. M. y Columbia para crear en 1943 su propia productora “Samuel Bronston Productions” y establecerse, más adelante, en España. Aprovechó los bajos costes de producción del momento y la relación dólar- peseta además del buen clima y paisaje variado con pocos gastos de desplazamientos (en 1959 había adquirido los estudios Chamartín). Recibió siempre ayuda de las autoridades española y se propuso hacer un tipo de films solemnes, espectaculares y de larga duración (los kolosal) pero desgraciadamente se acabó con el gran fracaso económico de “La caída del Imperio Romano” aunque realizó una producción más: “El fabuloso mundo del circo” (1964) cuya realización confió a Henry Hathaway.
Bronston siempre fue acusado de interferir en los rodajes además de enfrentarse a los realizadores por él asignados a quienes intentaba imponer  sus ideas megalómanas. Se señaló como responsable de la retirada del gran director Nicholas Ray (“Johnny Guitar”, “Rebelde sin causa”) de su vida profesional, de no pagarle lo pactado (esto nunca se demostró), especialmente en su último film para él (2). Con sus defectos las películas producidas por Bronston siempre han tenido interés cinematográfico gracias a los realizadores y actores viajantes desde Estados Unidos (muchos técnicos eran españoles). Hace años revisé “El Cid” y considero que su puesta en escena está entre lo mejor de Mann y hace poco vi “El fabuloso mundo del circo”, donde la realización de Hathaway es  notable y la historia se sigue con interés. “La caída del Imperio Romano” no está tan redondamente conjuntada como “El Cid” pero contiene momentos antológicos. Sin embargo los fallos del guión demasiado alargado (especialmente en la mitad de la cinta) la hacen irregular aunque su valoración ha subido en mucho con el paso del tiempo. El error más grande, repito, no se refiere a la artística cinematográfica sino a la industria fílmica: fracasó en taquilla, cosa bastante difícil de dilucidar, y ni siquiera cubrió gastos en el principio.
PUNTO Y APARTE SEGUNDO: “LA CAÍDA DEL IMPERIO ROMANO”- Totalmente de acuerdo con Barahona (3) y Comas (4) en que el film tiene valores y también defectos y de la misma forma que “Cleopatra” (1963), de Joseph L. Mankievicz recibió tal batacazo en taquilla que arruinó a la 20th Fox (después se recuperó lentamente), “La caída del Imperio Romano” hundió a la empresa Bronston aunque realizara una película más, “El fabuloso mundo del circo”. Es posible que el público se hubiese cansado de cintas de “romanos”, la publicidad fue buena y sin embargo… Recordemos que su guión es bastante irregular con altibajos en sus 180 minutos de duración. Solo cuando estuvo bajo contrato en Bronston --- el díptico “El Cid” y La caída del Imperio Romano” --- no pudo Anthony Mann acceder a los libretos y compenetrarse con los guionistas. La idea de “La caída del Imperio Romano” procedía del propio Mann al ver en una biblioteca un libro del reputado historiador británico Edward Gibbon (1737- 1794), autor de los seis volúmenes de “The History of the Declive and Fall of the Roman Empire”. En realidad con el reinado de Cómodo (180- 192) no cayó el Imperio (duró aún casi doscientos años más) pero si es el inicio de la decadencia como lo fue para Samuel Bronston y su empresa. El guión fue redactado por el “blacklisted” (estaba en las “listas negras” del senador Joseph McCarthy) Philip Yordan junto con Ben Barzman y Basilio Franchina. Yordan se había encontrado ya con Antonhy Mann, junto con otros cinco guionistas, en el anterior Bronston (“El Cid”), en “The Last Frontier”, “El hombre de Laramie” (westerns) , “La colina de los diablos de acero” (bélica) y “God’s Little Acre” (drama, 1957). Fue un excelente libretitsta aunque no se sepa con exactitud el grado de interferencia de Bronston en la película. También se señala la fotografía de Robert Krasker y John Moore como voluntariamente sombría en algunos momentos, especialmente en las secuencias de Germania (las escenas nocturnas son ya “tenebrosas”) mientras la música de Dimitri Tiomkin es similar a una marcha fúnebre. No se sabe el grado de intervención de Samuel Bronston en los elementos del film pero en verdad acertó en la conjunción final en algunos puntos y en otros falló. El elenco interpretativo es elevado aunque no pudieron contar con Charlton Heston como el ficticio general Livio. Algunas crónicas aseguran que el actor no deseaba ser identificado --- excelente en “El Cid” --- como protagonista en films de “romanos” y otras de no tener buena relación `profesional con Sophia Loren (doña Jimena de Gormaz en “El Cid”, Lucilla en “La caída del Imperio Romano”). Stephen Boyd, el Mesala de “Ben- Hur”, substituyó a Heston sin la química necesaria. Actor eficiente para algunos prototipos pero inadecuado para el film en cuestión, aparte de muchas escenas donde faltaba su presencia. El resto del reparto brilla a la altura deseada: James Mason como Timónides con sus inolvidables frases filosóficas recitativas las cuales rivalizan con las del emperador Marco- Aurelio (magnífico Alec Guinness), padre de Cómodo, interpretado con soltura por Christopher Plummer.
“Una gran civilización no es conquistada hasta que no se ha destruido ella misma por dentro”. Esta frase del historiador Will Durant, asesor técnico del film (el mismo cargo desempeñado, al menos en teoría, por el egregio don José María Pemán en  “El Cid”), puede servir para dilucidar lo que Bronston y su equipo ofrecen en la película: el fin, o principio de la decadencia, de la supremacía y civilización romana a partir del terrible y sangriento reinado de Lucio Aurelio Cómodo Antonino (180-192). De ahí la función simbólica de la música y fotografía viradas en una tonalidad lúgubre y triste, recordando que la lectura del film no se circunscribe solamente al Imperio Romano, está vigente y más que nunca hoy en día.
Hay diferencias notables entre realidad histórica y films sobre Cómodo, es normal en cine. Tanto en “La caída del Imperio Romano” como en “Gladiator”, además de “Una Spada per l’Impero” (“Una espada para el imperio”, 1965), de Sergio Greco e “Il Due Gladiatore” (“Los dos gladiadores”, 1964), de Mario Caiano, ambos péplums italianos de no muy alto presupuesto (a principios de los 60 se filmaron, especialmente en Italia, los llamados “Péplum” o cine de aventuras en la Antigüedad con sus personajes históricos o mitológicos). Coinciden los cuatro en la muerte de Cómodo (31-diciembre-192 d. C.) en espectacular lucha con el héroe cuando en realidad fue víctima de una conspiración de los senadores, cansados de ver sus filas diezmadas por proscripciones y ejecuciones: sobrevivió por vómito al veneno administrado por su novia Marcia (novia de turno, porqué en su total degradación tenías amantes de ambos sexos) para ser luego estrangulado en el baño por el atleta Narciso. Otra diferencia importante es la muerte de su antecesor y padre Marco- Aurelio: en “La caída del Imperio Romano” el emperador- filósofo muere envenenado por unos conspiradores ajenos a Cómodo pero que le benefician en sus aspiraciones --- una manzana mondada con la hoja de un cuchillo emponzoñada en una cara y ofrecida por el ciego Cleandro (Mel Ferrer) --- mientras en “Gladiator” es asesinado por su propio hijo (en las otras dos no aparece Marco- Aurelio). Cómodo tenía rasgos propios de Calígula y de Nerón, su gobierno prometía en un principio como el de los dos citados para luego convertirse en un caos: ruina económica del estado a causa de la mala administración, la corrupción, el rechazo a la sabia política de su padre, caprichos, actos absurdos, proscripciones (una insinuación, una mirada podían significar pena de muerte)… Al igual que los dos mentados se le atribuye una megalomanía y una enajenación progresiva fatal para la marcha del Imperio, para muchos y para él mismo. Si Nerón gustaba exhibirse como Píndaro,  recitador lírico, Cómodo lo hacía como Hércules mostrando su fuerza física y combatiendo en el circo con gladiadores y animales salvajes (según las crónicas, “debidamente drogados”). Hemos de coincidir con el historiador Carl Grimberg: “Ninguno de los monstruos con figura humana ocupantes del trono de Roma alcanzó larga vida y todos tuvieron una muerte violenta”: Cómodo tenía 31 años al ser asesinado, los mismos que su funesto modelo, Nerón, al suicidarse, mientras Calígula llegó a los 29, Caracalla no había cumplido los 30 y el desdichado Heliogábalo contaba con 19 años.
Anthony Mann filma con buen pulso narrativo las escenas íntimas aunque demasiado largas y lentas y no por culpa del realizador, usa significativamente los elementos atmosféricos como la lluvia, la nieve, la niebla, la especificación nocturna (factores poco vistos/usados en el “péplum”) como signos de decadencia, de paz o tranquilidad momentáneas, etc., el señalar al hombre honesto que cumple con su deber (Livio) renunciando al trono asignado por Marco Aurelio el cual había reconocido los excesos y la incipiente crueldad de su hijo y no le quería como sucesor. Hay escenas antológicas como el entierro de Marco- Aurelio, momento en el cual Livio le entrega la antorcha (= la jefatura del Imperio) para iniciar la incineración del difunto, evitando una guerra civil y recuperando (momentáneamente) la amistad de Cómodo. La progresiva decadencia y corrupción de Cómodo, la manipulación del tesoro público por parte del emperador para asegurarse riquezas, la carestía del pueblo llano en paralelo, el combate final en el circo y, sobretodo, aquella carrera de cuadrigas compitiendo Livio y Cómodo que en nada envidia a la más famosa de Ben- Hur (en un terreno regular, el circo, mientras que en “La caída del Imperio Romano” es en el bosque bordeado de precipicios, ríos y subidas/bajadas en colinas) pero, al fin y al cabo, estas magníficas escenas de carreras en ambos films están realizadas por el director de 2ª unidad y especialista Yakima Canutt, así como algunos momentos sueltos filmada por Andrew Marton (sin acreditar) en ausencia de Mann… La secuencia final, cogida por los pelos, debe colocarse en el debe del guión: Livio, después de matar a Cómodo, llega justo a tiempo de salvar a su prometida Lucilla, hermana del emperador, de la inmensa pira donde la había condenado Cómodo mientras los bárbaros prisioneros mueren abrasados en el fuego maldiciendo a Roma; se oyen voces de los senadores y pretorianos subastando la jefatura del Imperio rechazada por Livio. En la realidad fue nombrado emperador el que había sido cónsul y gobernador Publio Helvio Pertinax cuyo reinado duró 86 días ---apuñalado el 28 de marzo del 193 --- y fue sucedido por el banquero Didio Juliano, emperador del 28 de marzo al 1 de junio del 193 (ahora sí, el Imperio fue ofrecido en subasta), siendo substituido por Cayo Prescenio Niger, gobernador de provincias y militar (mediados de abril del 193 a marzo del 194), al igual que Clodio Albino (se proclamó emperador en otoño del 196 y cayó en combate contra el general Septimio Severo el 19 de febrero del 197). Por fin Septimio Severo (padre del también futuro emperador Caracalla, de características parecidas a Cómodo) dio, aunque en tiempo de decadencia, un gobierno de relativa estabilidad. Estos fueron los sucesores de Cómodo, implicados en la Guerra Civil del llamado tiempo “De los cinco emperadores”, cuyas consecuencias fueron lamentables para el futuro de Roma, una crisis más fuerte que la acaecida tras la muerte de Nerón, sucedida más de un siglo antes (muerte en el 68, Guerra Civil en el 69, llamado “Año de los cuatro emperadores”).
A veces una situación histórica, un rumor cierto o falso puede ofrecer nuevas posibilidades para el cine. La historia nos habla de la convicción de algunos en creer que Cómodo no era hijo de Marco- Aurelio sino de un feroz gladiador, cosa solamente sabida por la ya difunta esposa de Marco Aurelio, Faustina la Menor, hija a su vez del emperador Antonino Pío el cual era el padre adoptivo de Marco- Aurelio. En cambio en el film de Mann se descubre que si era verdad… “Un hombre no puede luchar con su hijo” dice el gladiador Verulus (Anthony Quayle), uno de los preferidos de Cómodo, cuando Livio le dice que se una a él en la lucha contra el déspota. Cómodo había nacido con un hermano gemelo que falleció a los tres años de edad: en “Los dos gladiadores” este hermano no murió sino que será quien encabece la oposición contra el tirano y en el mismo film, Cómodo (Mimmo Palmer), entrega al prefecto Cleandro al pueblo como cabeza de turco para ser linchado, acusándole de todos los males del gobierno. En “Una espada para el Imperio” los bárbaros pisan ya territorio italiano, cosa totalmente falsa, en realidad aquí toda relación del guión con la realidad es pura coincidencia, p. e. Cómodo (Enzo Tarascio) desea encarcelar al papa Sixto cuando no existió ningún pontífice de este nombre bajo su reinado (durante el gobierno de Cómodo los pontífices fueron Eleuterio, 175- 189 --- el 175 es dudoso como año de elección --- y Víctor I, 189- 199, cuando nació y creció el cisma gnóstico), hubo algunos  breves conatos de persecución aún vigente desde tiempos de Marco- Aurelio pero el tirano no se ensañó particularmente con los cristianos, además la denominación de “Papa” empezó a usarse en tiempos de Gregorio VII (1073- 1085); Sixto I pontificó (con dudas en las fechas exactas) del 115 al 125 y Sixto II del 257 al 258 en la persecución del emperador Valeriano (5) en la cual el pontífice fue decapitado en un cementerio (hubo cinco papas con el nombre de Sixto pero ninguno coincidió con Cómodo)…
II) UN RÁPIDO EPÍLOGO: RIDLEY SCOTT Y “GLADIATOR”  
Ridley Scott (nacido en South Shields, Gran Bretaña, 1937) me parece un director desigual e irregular en su filmografía pero uno de los más conocidos e interesantes en la actualidad (nominado tres veces al Oscar a la mejor dirección). Cae a veces en los errores de muchos de sus colegas pero cuando está inspirado nos da momentos excelentes y ello se da parcialmente en algunos films o totalmente en dos obras absolutamente redondas en el género de la Ciencia- Ficción: “Alien” (“Alien, el octavo pasajero”, 1979) y “Blade Runner” (“Blade Runner”, 1982), según la novela de Phil K. Dick escrita en 1968: “Do Androids Dream of Electric Sheeps”? (“¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”) y cuando no lo está cae en el tedio, en el alargamiento de escenas o en subrayados inútiles. Un claro ejemplo es “Legend” (1985), una cinta de fantasía totalmente resentida en su puesta en escena y que, además, fue un sonoro fracaso en taquilla compensado por “Thelma and Louise” (“Thelma y Luisa”, 1991), una “road movie” protagonizada por dos mujeres, donde el film recibió un Oscar por el mejor guión y primera nominación de Oscar para Scott (a pesar de todo es un film bastante sobrealabado). Los méritos de Scott son el logro estético de muchos planos, las atmósferas recargadas y su ejecución sonora y visual, elementos que domina a la perfección (de joven ya era un gran aficionado a la pintura, el dibujo y la fotografía). Después de adquirir experiencia con muchos cortos acertó en su “ópera prima”, “The Duelist” (“Los duelistas”, 1977), premiada en Cannes por su brillante iluminación y fotografía y a continuación vendría el gran acierto de “Alien”, donde, junto con sus cualidades, dosifica certeramente el suspense (el ataque imprevisto de aquel ser del espacio a los tripulantes de la nave, algo parecido con el “Tiburón” de Steven Spielberg).
En “Gladiator” se repite la historia de “La caída del Imperio Romano”, podríamos decir que es un remake: después de fallecer Marco- Aurelio (180 d. C.) el general romano Máximo Décimo Meridio (correcto Russell Crowe) pasará a esclavo y gladiador a causa de la persecución de Cómodo (excelente Joaquin Phoenix) ya que el anterior emperador (Richard Harris) no ha dado el poder a su hijo sino a Máximo al que quiere como a tal (en realidad sabemos que Marco Aurelio si quería a su hijo y le dio la jefatura del Imperio, cometiendo así el mayor error de su vida). Cómodo le perseguirá encarnizadamente, asesinará a su esposa e hijo y desea matarle a toda costa. Máximo, enamorado de Lucilla (en ambos films), hermana de Cómodo encabezará la rebelión… Al igual que en “La caída…” el guión hace aguas… La parte íntima está muy bien resuelta con fuelle claramente shakesperiano: envidias, celos, odios; sentimientos de maldad y bondad son el engranaje que mueve la máquina narrativa la cual es motor de la historia. En la parte épica hay de todo: planos demasiado rápidos, los soldados que marchan a un lado y luego está en el otro, hace saltar la cámara sobre su eje repetidas veces consiguiendo el aturdimiento del espectador, imágenes bellas y bien conseguidas que dejan de serlo a base de repetirlas innecesariamente (la escena inicial, p. e. de la mano en el trigo), el ralentí usado como efectismo que prolonga inadecuadamente los “tempo” mientras en plena batalla vemos el orden de combate de las legiones más conseguido que en “La caída…” donde las luchas eran un desconcierto. Con el ordenador ahora es más fácil conseguir una Roma o un Coliseo bajo el lema de la perfección técnica pero también es más impersonal y aséptico… Prefiero los escenarios reales y el entrañable cartón- piedra bien elaborado, no las chapuzas, de antaño. El alargamiento de unos planos y la gratuidad restan puntos a “Gladiator” (en “La caída del Imperio Romano” recuerdo una toma totalmente innecesaria: Marco y Lucilla entran en un templo en plano cenital, o sea perpendicular, filmado desde el techo, algo impensable en un realizador como Mann por lo que pienso en una imposición más del productor).
El film de Anthony Mann costó 20 millones de dólares y constituyó un gran fracaso que provocó “La caída del Imperio Bronston”, “Gladiator” arrasó taquillas, ganó algún Oscar y rehabilitó a Scott después de una temporada de resultados mediocres hablando cinematográficamente. Hay aspectos positivos pero después de analizar los dos films yo me inclino por “La caída del Imperio Romano”…
                                                                         Narcís Ribot Trafí

1)-“Anthony Mann”, de Jeanine Basinger. Twayne, 1979. Edición española a cargo de la    Filmoteca Española y el Festival de San Sebastián (2004).
2) - Nicholas Ray también tiene un díptico filmado en España: “King of Kings” (“Rey de reyes”, 1961)  y “55 Days at Peking” (“55 días en Pekín”, 1963). “Rey de Reyes” es una muy valiosa versión de la vida de Jesucristo (guión de Philip Yordan). El actor Jeffrey Hunter interpretó a un Jesucristo con ojos azules (fue recomendado por John Ford). Hay una cinta muda del mismo título en 1927, filmada por Cecil B. DeMille. En “55 días en Pekín” estalló la crisis entre el productor y el realizador.
3) - “Anthony Mann”, de Fernando Alonso Barahona. Film Ideal, Barcelona (1997).
4) - “Anthony Mann”, de Ángel Comas. T & B Editores (Colección “Lo esencial de…”), Madrid (2004).
(5)- “La antigua Roma en el cine”, de Juan J. Alonso, Jorge Alonso y Enrique A. Mastache. T & B Editores, Madrid (2008).

Es un libro muy interesante  donde en un capítulo se nos explican las diferencias entre historia y los films “La caída del Imperio Romano” y “Gladiator”. Es un completísimo estudio. Los autores eruditos, profesores y grandes aficionados al cine editaron también “La Edad Media en el cine” (2007) y “El Antiguo Egipto en el cine” (2010). Fácil adivinar cuál sería el próximo volumen a publicar. Ha salido hace poco: “La Antigua Grecia en el cine” (2013). Sencillamente, todos son de lectura indispensable…  

viernes, 15 de noviembre de 2013

“A GAME OF DEATH” (ROBERT WISE, 1945)

RELATO DE RICHARD CONNELL (1924)
“THE MOST DANGEROUS GAME” (1932), film
A GAME OF DEATH” (1945), film

General Zaroff


Conde Zaroff

Mr. Erich Kreiger

Sanger Rainsford


Robert (Bob) Rainsford

Don Rainsford

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Eve Trowbridge


Ellen Trowbridge

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Martin Trowbridge


Robert (Bob) Trowbridge

El criado Ivan, cosaco


El criado Ivan, cosaco

El criado Carib, nativo

  EL REGUSTO AVINAGRADO DEL REMAKE   
Después de 40 años y más como aficionado al cine fantástico he conseguido visionar, gracias a un amigo, “A Game of Death” (1945), de Robert Wise, remake de “The Most Dangerous Game” (“El malvado Zaroff”), de Ernest Beaumont Schoedsack e Irving Pichel (1932), las dos versiones producidas por R. K. O. El intentar ganar algún dinero en tiempos de apuro económico por parte de la productora quizás sea la respuesta del porqué de este “remake” a 13 años del original.
La realización fue encomendad a un Robert Wise en el inicio de su prometedora carrera en la cual tocaría todos los géneros: “West Side Story” (1961) y “Sonrisas y lágrimas” (1965) --- entre las dos consiguió 13 Oscar --- en el musical y ciñéndonos al fantástico: “La mansión encantada” (1963), posiblemente el mejor film sobre casas embrujadas, y aquella joya de la Ciencia- Ficción llamada “Ultimátum a la Tierra” (1951) entre otras.
En los estrictos cánones de la serie B Robert Wise hubo de apechugar con un material dudoso, 1) de los intérpretes, que cumplen pero incomparables con los de la versión original y 2) el sistema de rodaje donde había de trabajar (presupuesto más que reducido) con planos de archivo reciclados y otros que eran calco del film de Schoedsack- Pichel. Wise había tocado ya el “fantastique” en sus obras primerizas: “The Curse of the Cat People” (1944) y “The Body Snatcher” (1945) con los míticos Boris Karloff y Bela Lugosi, meses antes del film que nos ocupa. En “A Game of Death” conjuga de forma más que aceptable estos elementos puestos a su disposición, su puesta en escena no carece de solidez y hay algún plano en la selva propio de él (o sea, no de archivo, ni filmado milimétricamente del original) bastante conseguido y sorprendente. El lastre absoluto que arrastra el film de Wise es la existencia  de la cinta del 1932 y su inevitable  y forzosa dependencia.
El guión de Norman Houston “fusila” prácticamente el de James Ashmore Creelman  para la versión de 1932 (coguionista de “King-Kong”), incluyendo los hermanos Trowbrige --- él cazado y asesinado y ella enamorada de Rainsford --- ausentes en el cuento de Connell. Por otra parte el héroe al presentarse Kreiger ya sospecha de él, cosa que también hace Ellen Trowbrige, eliminando el suspense del original. El picaporte de la mansión de Kreiger es una especie de gárgola inspirada en alguna bestezuela de inspiración felina, interesante pero menos significativa que la figura monstruosa herida con flecha y con una mujer en brazos en “El malvado Zaroff”. También el caserón de Zaroff me parece más misterioso y sugestivo que el de Kreiger. Ya en el interior, la enorme pintura del espantoso centauro, también con una mujer en brazos, se repite en ambos films y Kreiger hace verbalmente más explícita sus deseos lujuriosos respecto a Eve (“primero la caza, la muerte, la sangre y después la hembra…”) en el caso del conde Zaroff lo proclama implícitamente lo cual me parece más adecuado.
Hay otros elementos interesantes aunque siempre hemos de acudir al “pero”, p. e. la fotografía de J. Roy Hunt es visualmente bella pero lo es más la de Henry Gerrard en el original, utilizando, además, el claroscuro, el día/la noche para la señalización de peligro/reposo, turbulencia/tranquilidad para enriquecer la obra. La música de Paul Sawtel conducida por C. Bakaleinikof es más que adecuada pero no puede igualar la sugerente y amenazadora de Max Steiner, reconocida ya como una banda sonora totalmente clásica.
Volviendo a los personajes veremos a Erich Kreiger, ya no un general (relato) o conde (“El malvado Zaroff”) --- ambos de nacionalidad rusa ---, sino un potentado alemán (aunque no hay referencia política alguna se sobreentiende como un nazi, ver época del film). El actor shakesperiano Edgar Barrier saca adelante con encomiable actuación su rol del sádico Kreiger pero su baja estatura le hace mucho menos grandioso que el aristócrata ruso interpretado por Leslie Banks (más cuando se coloca al lado del héroe, de una respetable talla). Aquí vemos que la locura proviene del encuentro con el búfalo en África, provocándole una futura cicatriz y la demencia a diferencia del original Zaroff cuya paranoia le venía ya de antes.   John Loder es Rainsford, se parece bastante a Joel McCrea y Audrey Long atractiva e interesante pero sin la química de Fay Wray. Russell Wade como Robert Trowbridge tiene más papel que Robert Armstrong/Martin Trowbridge del original y, aparte de sus momentos etílicos también los tiene en mayor abundancia, que su antecesor, de sobrios. Noble Johnson, el inolvidable cosaco Iván de “El malvado Zaroff”, el lacayo mudo del conde, aquí es Carib, también lacayo y también mudo --- con atuendo de pirata --- de Kreiger. Su muerte también está calcada de la primera versión: ensartado en una trampa construida por Rainsford. La muerte de Kreiger también está fotocopiada de la de Zaroff con una ligera variación: el conde, después de intentar disparar con una pistola carga su arco tártaro pero Rainsford le clavará a mano una flecha en la espalda, herido de muerte intentará disparar el arco pero caerá por la ventana al vacío hacia el patio donde será devorado por sus propios mastines. La lucha con Kreiger armado con un revólver sucede en su último tramo en off, detrás de un sillón, disparo, se levantan los dos antagonistas y vemos a Kreiger herido. Cuando la pareja huye en la lancha (de lejos son los planos del original), el sádico intenta disparar un rifle por la ventana y le pasa lo mismo… abajo le esperan sus fieros perros.
Se introduce un nuevo criado llamado Pleshke, interpretado por Gene Roth, el cual se ocupa más bien de quehaceres domésticos y es, como Carib, totalmente fiel a su amo y Jason Robards Sr. interpreta al capitán del navío naufragado en una corta aparición.
En resumen, es un film bastante visible a pesar de todo y del cual quizás se hablaría de él en sentido más positivo de no existir la obra maestra de Schoedsack- Pichel…

                                                               Narcís Ribot i Trafí

domingo, 10 de noviembre de 2013

EL MALVADO ZAROFF (1932)


He decidido hablar hoy de “El malvado Zaroff”. Lo he hecho en todos los Cine-Fórum de los cuales fui responsable. Y no solamente por su intrínseca calidad cinematográfica sino también por sus extrañas características. Por su tratamiento pertenece al género fantástico y también al de aventuras, es una película que entró en el subconsciente de miles de espectadores y también escandalizó a muchos… ¿Por qué? En primer lugar es “cine fantástico” y esto ya molesta; el “fantastique” ha dado creadores inigualables como Ernest B. Schoedsack, Tod Browning, James Whale, Terence Fisher, Mario Bava, etc., estos y algún otro han dado auténticas obras maestras así como el género tiene también (lógicamente) películas excelentes, notables, pasables, mediocres, y auténticas mamarrachadas. El fantástico puede hablar de cosas las cuales no pueden exponer otros géneros, p. e. las injusticias de un gobierno político (y se puede hacer más sutilmente que si se plantea directamente un film- denuncia), de la sociedad, o de un orden humano impuesto (que por humano es ya defectuoso) y, en verdad forma parte de su misión, pero cuando en su planteamiento deja de lado la sutil alegoría y lo aborda directamente como algo evidente los resultados suelen ser catastróficos (p. e. la película alemana “Los vampiros nunca mueren”, donde los vampiros del título se identifican plenamente con el nazismo). Soy consciente de lo comprometido al nombrar esta vía de la corrosión y la causticidad inherente del fantástico, quizás debería aclarar otros puntos sobre el mismo tema que dejamos para otra ocasión (&). Y en segundo lugar es la historia: ¿No es escandaloso que un hombre intente cazar a sus semejantes como si fueran animales salvajes? “Estas son historias que jamás deberían escribirse o filmarse”  pensaban y piensan entre puritanos cinematográficos, bienpensantes sin imaginación o quienes desean que todo haya de seguir como está. Mucho podría hablarse del desprecio recibido por el género tanto declarado como destilado pero las obras ahí están y una de las más grandes de esta edad de oro del fantástico (principios de los treinta) es “El malvado Zaroff”. THE MOST DANGEROUS GAME” producida por R. K. O. en 1932, se estrenó en España como “EL MALVADO ZAROFF”, dirigida por Ernest Beaumont Schoedsack e Irving Pichel y provenía de un relato de Richard Connell, The Most Dangerous Game--- literalmente El juego más peligroso --- publicado por vez primera en la revista Weekly de Collier, con el título de “The Hounds of Zaroff (“Los sabuesos de Zaroff”) el 19 de enero de 1924. MERIAN CALDWELL COOPER, amigo y socio de Schoedsack actuó  aquí como productor y también lo fue, aparte de codirector con Schoedsack del futuro “King- Kong que vendría al año siguiente también a cargo de R. K. O. Merian C. Cooper (Jacksonville, Florida, 1893 - San Diego, California, 1973) formó tándem con Ernst B. Schoedsack en muchas ocasiones; es más recordado como productor pero también como realizador: “Grass (1925), “Chang” (1927), prácticamente reportajes (corealizadas con Schoedsack) , Las cuatro plumas (1929), con Schoedsack y Lothar Mendes, el ya citado “King- Kong” (1933), así como “Los últimos días de Pompeya (1935) y “This Is Cinerama” (1952) siempre al lado de su compañero. Como productor, aparte de estas dos maravillas de cine fantástico, “El malvado Zaroff” y “King- Kong hizo compañía en los 40-50 con John Ford formando la Argosy Pictures (“El hombre tranquilo”, “Caravana de paz”, “Fort Apache”, etc.) y, disuelta ya la productora, fue igualmente productor de aquella película de Ford que algunos la consideran como la más grande de la historia del cine: “Centauros del desierto” (1956). Entre sus ocupaciones cinematográficas fue también director de fotografía y guionista. IRVING PICHEL (1891- 1954) formó tándem con Schoedsack para la realización de “El malvado Zaroff”. Empezó como actor de teatro y luego de cine (fue Stalin en “El agente británico”, 1934, de Michael Curtiz, p. e.), entró en el departamento de guiones de Warner y se inició en la realización en la cinta codirigida por Schoedsack, luego pudo dirigir en solitario obras de escaso presupuesto (“Con destino la Luna”, 1950) revelándose como un técnico conocedor de la mecánica del rodaje (una de sus últimas películas fue “Martin Luther”, 1953, una biografía sobre Martín Lutero), hombre de talante más bien progresista, tuvo problema con las prescripciones del senador Joseph McCarthy.
I)-ERNEST BEAUMONT SCHOEDSACK nació en Council Bluffs (Iowa) en 1893, debuta como operador en 1914 cuando es incorporado a filas. A partir de 1918 pasa a la realización especializado en documentales, revelándose además como un apasionado de la acción y de la aventura que compartirá con su amigo Merian C. Cooper a quien conoció en Polonia tras la guerra. Filmarán documentales sobre fauna, especialmente gorilas: “Grass” (1926), “Chang” (1927), “Rango” (1931) y visitarán Irán, Sumatra y Siam. En un viaje al Amazonas conocerá a Ruth Rose con la cual contraerá matrimonio. En 1929 había realizado una versión de “Las cuatro plumas” y en 1935 otra de “Los últimos días de Pompeya” (con efectos especiales del gran Willis O’Brien), pero será  el género ”fantástico” en donde cosechará sus mayores triunfos en forma dos  absolutas obras maestras: “El malvado Zaroff” (1932) y “King- Kong” (1933) y otras entre discretas (“El hijo de Kong”, 1933) y notables (“Dr. Cyclops”, 1940, “El gran gorila”, 1949). El cine fantástico de Schoedsack es ante todo de aventuras (como su espíritu), generalmente en una isla desierta (“King- Kong”, “El malvado Zaroff”, “El hijo de Kong”) donde los protagonistas se ven obligados a luchar por sus vidas  (de la furia de Kong y de los dinosaurios que comparten la selva de la isla, de las flechas de Zaroff), tanto la Skull Island  (“Isla de la Calavera”) de Kong como la isla de Brank, del conde Zaroff, misteriosas y perdidas,  son mundos aparte donde confluyen la amenaza, el peligro, la aventura, lo desconocido, lejos de todo tabú, lejos de la rutina  y de las facilidades de la civilización y aquí eclosionará lo monstruoso, aquí lo imposible puede ocurrir encontrando los héroes el sentido esencial de los valores y una razón de ser (quizá perdidos en su vida cotidiana). Estos lugares antitéticos al mundo civilizado (islas de Kong y Zaroff, la aislada mansión del Dr. Thorkel en la selva peruana en “Dr. Cyclops”) son espacios geográficos totalmente anárquicos donde existen el primitivismo y la brutalidad, donde cualquier estratagema vale para sobrevivir, sea para salvarse de un gorila gigante enfurecido (“King- Kong”, “El hijo de Kong”), de un perturbado aristócrata el cual caza personas como si fuesen animales (“El malvado Zaroff”) o un científico que ha reducido al tamaño de muñecos a un grupo de personas y las persigue para matarlos (“Dr. Cyclops”).
Los personajes de las dos obras maestras de Schoedsack son sombras nietzschianas los cuales, a cada instante, remiten su existencia a cuestionamiento; la negra sangre que resbala de las imágenes de Zaroff no inspiran tanto horror pues es la muerte liberadora de los terrores pasados y la parte sexual en absoluto disimulada (aunque no mostrada, afortunadamente, por la época, por decencia y porqué el realizador jamás lo hubiera hecho) yendo por ello más lejos que notables films contemporáneos como “La máscara de Fu-Manchú” (Charles Bravin, 1932) o “Los crímenes de la Calle Morgue” (Robert Florey, 1932). Los dos “chefs d’oeuvre” de Schoedsack quizás sean los dos únicos ejemplos en la historia del cine de una creación colectiva, realizados al alimón (“El malvado Zaroff” con Irving Pichel, “King- Kong”, con Merian C. Cooper), los dos films constituyen casi una creación inconsciente fluctuantes más allá de lo pensado por el autor. Son películas limpias de narrativa, poéticas, heterogéneas en su concepción y homogéneas en su realización las cuales nos muestran islas misteriosas, selvas aterradoras, animales inimaginables, zarzas, aullidos, horrores escondidos que a lo mejor caen encima de los héroes en cualquier momento, matojos, frecuentes nieblas, lianas, pantanos… Las dos creaciones cumbres de Schoedsack serán los dignos equivalentes a los literarios de E. Rice Burroughs (entre otros, creador de “Tarzán”) o de H. Ridder Haggard (escritor de “Las minas del rey Salomón”, pasada al cine varis veces y del creador del personaje de “She, la diosa del fuego”, también con varias versiones cinematográficas a cuestas, entre otros varios).
Schoedsack practica el espectáculo por el espectáculo, culmina el gusto por lo absurdo, de ahí nacieron sus dos grandes obras las cuales --- al igual que las mudas “Nosferatu” o “El gabinete del Dr. Caligari”, dos films claves del Expresionismo Alemán --- son fruto de una época. Sus dos hallazgos escapan a toda clasificación o nomenclatura, son logros más allá de lo imaginable, proyecciones inaccesibles. La prueba está en el fracaso de los “remakes”, como el “King- Kong” de John Guillermin (1976) o el de Peter Jackson, totalmente innecesarios o el inaccesible “A Game of Death” (1945), producida igualmente por R.K.O., de un Robert Wise antes de configurarse en la fama con títulos como “West Side Story” o “Ultimátum a la Tierra”, segunda versión de “El malvado Zaroff”, donde el cazador de personas no era un aristócrata ruso sino un sádico nazi. Como anécdota curiosa señalar que el actor Noble Johnson, intérprete del criado mudo Iván --- un calco físico de Rasputín --- repetía su personaje en esta 2ª versión          (también encarnó al jefe de la tribu en la “Isla de la Calavera” de “King- Kong”).
Schoedsack será el iniciador de una vía esencial dentro del cine fantástico: el encuentro y la fusión en una historia de aventuras de los real- cotidiano con lo increíble- desconocido, de donde nace lo exótico, lo “feérico” y también lo sublime. E. B. Schoedsack falleció en 1979, un año después de su esposa Ruth Rose.
II)- BREVE INTERMEDIO CON UN CUENTO NEGRO- El escritor Richard Edward Connell (1893-1949) empezó como periodista deportivo al igual que su padre. Viajó continuamente por Europa y fue reclutado en la I Guerra Mundial para después idear historias cortas para revistas y diversos guiones cinematográficos (“Juan Nadie”,The Milky Way”, “Brother Orchid”) pero su mayor éxito por el cual será reconocido internacionalmente es “The Most Dangerous Game” (1924), la base de “El malvado Zaroff” filmada ocho años más tarde. Digamos que el guión de James Ashmore Creelman (coguionista también de “King- Kong”)  sigue, a grandes trazos la historia de Connell,  la mayor diferencia estriba en los personajes hermanos de Martin (Robert Armstrong, el Carl Denham de “King-Kong”) y Eve Trowbridge (Fay Wray, la inolvidable Ann Darrow de “King- Kong” que, por cierto conocí personalmente en  el Festival de Sitges hace años). El elemento femenino enriquece y añade elementos nuevos en la historia puesto que será considerada como un trofeo viviente a conseguir después de la caza por parte del conde Zaroff, interpretado por el formidable actor de teatro Leslie Banks quien conjugará mil matices para desplegar en su personaje mientras Eve se enamorará, tras la muerte de su hermano Martin, de su protector Bob Rainsford (Joel MacCrea), cazador profesional, autor de libros sobre caza mayor, quien pasará a representar la presa al descubrir la locura de Zaroff y no querer participar en su siniestro juego de cazar personas. En el film es Robert --- llamado en apodo diminutivo, Bob --- Rainsford, en la novela es Sanger Rainsford, en el libro es un general del ejército zarista, en la película es un conde también huido de la revolución rusa. La novela se expresa, a veces, en elipsis y sobreentendidos (especialmente al final), la película es más descriptiva y sugerente. El tema del libro (retomado por la película), novedoso y atrevido, tira sus dardos contra los acaudalados individuos norteamericanos quienes organizaban safaris a África y América del Sur (en boga durante los años 20) en plan de caza mayor. El relato de Richard Connell inspiró una obra maestra del Séptimo Arte pero también funciona (está bien y sencillamente escrito) literariamente en forma notable. Es una pequeña y perversa historia negra, centrada en una pasión convertida en locura por parte de un cazador llamado Zaroff.
III) -“EL MALVADO ZAROFF”-
“En Esparta, en Lacedemonia, se iba a la caza de los ilotas como nosotros vamos en Francia a la caza de la perdiz” (Donatien Alphonse François, marqués de Sade).
El film costó unos 200.000 $ y sus beneficios junto con gran parte del decorado (magnífico) fueron invertidos en la siguiente producción R. K. O. con Schoedsack y Cooper ocupando juntos el asiento de director: el inmortal “King- Kong” (1933, costando 600.000 $). La poética, extraordinaria y terrorífica historia de “El malvado Zaroff” acontece en una isla desierta en el Pacífico donde rigen leyes diferentes de la civilización, al igual que “King- Kong” o “Island of the Lost Souls” (“La isla de las almas perdidas”, 1932), de Erle C. Kenton (se realizaron dos versiones más de esta novela de H. G. Wells, una es mejor olvidarla y la otra jamás debería haberse filmado). El argumento es conocido: el cazador Bob Rainsford, víctima de un naufragio llega nadando a la isla de Brank donde entre selvas y pantanos se encuentra enclavado el castillo del conde Zaroff, un aristócrata ruso que le atiende con gran amabilidad. El caserón fue construido por los conquistadores portugueses y allí conocerá a los hermanos Martin y Eve Trowbridge también víctimas de un naufragio anterior. El noble se revela como un magnífico anfitrión: es elegante, culto, refinado, viste impecable frac,  algo histriónico, fuma largos y caros cigarrillos, toca piezas de Chopin al piano y es un forofo de la caza con lo cual encuentra fácilmente tema de conversación con Bob. Acostumbra a acariciarse el lado izquierdo de su rostro donde tiene una cicatriz, recuerdo de un búfalo en África. Nos damos cuenta que algo oculta. El resto de los tripulantes del buque donde viajaba Bob han sido devorados por los tiburones (alguna escena de archivo sacada de “Pasto de tiburones”, de Howard Hawks, 1932) y la forma de preguntar de Zaroff (“¿Es Vd. el único superviviente?”) ya presagia algo, como lo hace también el terreno pantanoso y selvático a recorrer hasta llegar a la mansión del conde y también en el genérico en donde después de ver el portalón oval aparece un picaporte formado por una monstruosa imagen mitológica cargada con el cuerpo de una mujer (anunciando el componente mistérico y erótico de la historia al entrar Eve en juego). Ahora las premoniciones (el ambiente selvático, la mansión de altos techos, largas escalinatas y amplias estancias y la imponente presencia de Zaroff) se hacen terrible realidad: encuentran el cadáver de Martin, entran en un cuarto oscuro y misterioso y ven una cabeza humana disecada y colgada en la pared (la censura cortó la visión de más cabezas de hombre en el mismo estado), ahora Zaroff confiesa que al cazar todo tipo de animales a través de todo el mundo llegó al aburrimiento hasta que se le ocurrió cazar personas. Este personaje, de existir hubiera hecho las delicias del Dr. Sigmund Freud (comentó una vez Juan Tébar), compró esta isla, arregló el caserón, varió el lugar de las boyas para hacer naufragar a los buques y a los supervivientes les trata a cuerpo de rey para luego darles un par de horas de ventaja e ir detrás de ellos para cazarles como a animales. Si al cabo del día no les ha encontrado les da la libertad pero hasta ahora nadie la ha conseguido. Pide a Rainsford que cace a su lado en el próximo naufragio pero este se niega y le echa en cara su locura y entonces Zaroff le concede el papel de presa: cazador de personas versus cazador de fieras. Bob y Eve huyen, luchan por sus vidas (el cazador profesional dice: “Ahora comprendo el sentir de los animales cuando son acorralados y cazados” --- antes no lo creía --- “Si un animal mata para comer le llaman bestia salvaje, si un ser humano mata por deporte le llaman hombre civilizado”), trampas, pantanos, ambiente brumoso y temible, donde la muerte puede acechar a cada paso, detrás de cada árbol, en cada rincón del bosque, toda clase de peligros, Zaroff con su cuerno de caza, su arco tártaro, su rifle, sus dos lacayos, sus feroces mastines…
La película  construida a través de imágenes esencialmente narrativas y bellamente sencillas nos llevan a un ofrecimiento genuinamente complejo (como la mayoría de las grandes obras) que dividirá la historia en dos partes: la primera dominada por los interiores de la vieja mansión donde la iluminación juega un papel definitivo al igual que la presencia de Zaroff y sus gestos y signos. Una de las causas de la inadecuada repetición de la obra de Schoedsack es, p. e. en “A Game of Death”, el remake de Robert Wise en 1945, la baja estatura del “cazador de personas” Eric Kreiger, interpretado por Edgar Barrier, mucho menos grandioso que el Zaroff/Banks del original; en cambio el aquí llamado Don Rainsford era interpretado por John Loder, bastante parecido a Joel MacCrea y Audrey Long (aquí Ellen Trowbridge) tenía una lejana similitud con Fay Wray. La segunda parte acontece en los exteriores repletos de peligros…
Tanto en el interior (castillo) como en los exteriores (selva) se compone el marco fantástico donde Bob y Eve --- únicos elementos  de la sociedad normal --- luchan por sus vidas (el juego incluye que, caso de morir Bob, Eve pasaría a ser “propiedad” de Zaroff). Una trampa colocada por Rainsford consigue acabar con Iván y algún mastín, hasta caer él desde un precipicio a un río (Zaroff cree haber vencido). Otra vez en el castillo: se desencadena la lucha a muerte entre el conde y Bob, una flecha usada a mano por Rainsford quedará clavada en la espalda de Zaroff. Después de acabar con el otro criado la pareja huye en una lancha hacia la civilización mientras aparece Zaroff, herido de muerte, por la ventana, intentando tensar el arco tártaro --- apasionado hasta el final --- pronuncia la palabra “imposible” y cae al vacío; abajo le esperan sus propios mastines para devorarlo. Una película fuera de serie en todos los sentidos, y solo dura 63 minutos, no tan reconocida como “King- Kong”, quizás porqué (como decía un analista) esta ofrece una lectura más arraigada y cotidiana de los miedos mientras que “El malvado Zaroff” es un film completamente abstracto….
         
                                      Narcís Ribot i Trafí

(&)- A veces se ha culpado al cine de incidir negativamente sobre la sociedad, p. e. al CINE NEGRO donde se narra la preparación de un atraco a un banco y algún espectador ha intentado copiar lo relatado. Si bien es posible, en general no ha sido así; el problema ha nacido dentro de la propia sociedad no del espectáculo.
En el caso del CINE FANTÁSTICO han sido varias las razones de los ataques, una de ellas mostrar sadismo pero ello forma parte de la vida, la totalidad de espectadores no será más o menos sádico después de ver, p. e. la película comentada El fantástico no está (lo dije una vez con referencia a James Bond) para beatificar a nadie pero es un cine tan válido, y con su propio lenguaje, como los demás.
En el aspecto religioso el grueso del cine fantástico (no hablo del actual) ha sido prácticamente siempre respetuoso. Partimos de una ficción introducida en una sociedad existente. Por ejemplo la fuerza del crucifijo ante los vampiros. Tomemos la película de Hammer “Drácula vuelve de la tumba” (Freddie Francis, 1968), la mejor aproximación al tema después de Terence Fisher: un sacerdote pierde la fe al contemplar el mal (Drácula) y un joven ateo enamorado de la sobrina del obispo Müller son ninguneados por el vampiro. Uno por haber perdido la fe, otro por no haberla tenido nunca. Parece el triunfo del mal pero finalmente el conde Drácula caerá desde las almenas de su castillo y quedará clavado en la parte superior de una cruz de enormes dimensiones. Resultado: el demoníaco ser se deshace, quedando solo unas gotas de sangre, su capa negra-roja y su anillo; el joven ateo se santigua y se convierte, el sacerdote reza el Padre Nuestro en latín en medio de una tormenta y recupera la fe perdida. Analizar el planteamiento de esta obra…

miércoles, 23 de octubre de 2013

LIBRO: “LA ANTIGUA GRECIA EN EL CINE”


LA ANTIGUA GRECIA EN EL CINE”- Juan J. Alonso, Enrique A. Mastache y Jorge Alonso-            - Colección * Historia * Cine-    T&B Editores (Madrid, 2013). 353 páginas.
                     No era difícil predecir la aparición de “La Antigua Grecia en el Cine”, escrito por Juan J. Alonso, Enrique A. Mastache y Jorge Alonso Menéndez. El mismo terceto nos había dado en la misma editorial y misma colección: “La Edad Media en el Cine” (2007), “La Antigua Roma en el Cine” (2008) y “El Antiguo Egipto en el Cine” (2010). Lógica era, pues, la publicación del presente volumen siguiendo el mismo estilo y esquema de los anteriormente citados.
Juan J. Alonso es licenciado en Filosofía e Historia y profesor de Filosofía, Enrique A. Mastache es también licenciado y profesor en Filosofía y Jorge Alonso Menéndez es licenciado y profesor de Historia. Los tres comparten afición y erudición por la Antigüedad y el cine realizado sobre ella y así, quienes compartimos iguales aficiones (historia antigua y cine sobre la misma) podemos estar contentos: tenemos ya el horizonte cubierto en su totalidad sobre las distintas etapas del mundo antiguo con el añadido de la cinematografía dedicada al Medioevo. Valoro su trabajo de recopilación y contenido expositivo para variedad de lectores. Podríamos decir que a partir de ahora los cuatro libros de estos autores son de lectura prácticamente obligada para interesados, repito, de todos los niveles. Hace años los aficionados al cine debíamos realizar trabajos arqueológicos si se deseaba recopilar filmografía de un tema concreto para un posterior trabajo; la aparición (a veces sorprendente) de un buen estudio sobre el tema en cuestión (por parte de libros, fanzines o diversas publicaciones) era un bendito hallazgo cara a la lista de películas y de posibles ideas sobre el tema, ahora guardados como tesoros en las estantería o bibliotecas. La aparición de Internet fue un avance importantísimo aunque no nos lo dé todo en algunos campos; la labor conjunta de nuestros autores es completísima en todos los aspectos: desde la lectura amena, la erudición, el análisis profundo, la bibliografía y anotaciones y los comentarios deliberadamente irónicos en varios momentos aunque sin perder de vista nunca el punto didáctico y divulgativo de la obra.
Como en sus trabajos anteriores dividen el estudio en extensos episodios con algún título evocador, conteniendo uno o varios temas y dentro de ellos comentan y analizan las películas. Tomemos como ejemplo el capítulo señalado como “Murieron con las glebas puestas”, pág. 197- 226), subtitulado “Espartanos altivos, guerreros de cómic y un Fu-Manchú persa”, adivinamos antes de la lectura que es la parte histórica (los autores comentan los fragmentos históricos tocados o no por el cine) de la guerra entre el conjunto de estados griegos y el imperio persa, o sea las llamadas “Guerras Médicas”, las batallas de Maratón y Salamina, la anterior heroicidad y valentía de “los 300 espartanos” en el paso de las Termópilas bajo el mando de Leónidas, etc. También explicarán como nació en Grecia el embrión de lo que ahora llamamos “democracia” y que en la diarquía de  Esparta, estado eminentemente militar, no existía la democracia sino una terrible dictadura, donde se organizaban partidas de caza sobre los sufridos “ilotas” (esclavos) a los cuales se les daba un tiempo para intentar huir y luego se les cazaba como animales salvajes (algo que recordó en sus escritos el marqués de Sade y hace venir a nuestra imaginación aquella extraordinaria película titulada “El malvado Zaroff”).
Totalmente recomendable (al igual que los tres títulos anteriores de los mismos autores) a todos los niveles y lectores aficionados, interesados, eruditos o no.
  
                                                 Narcís Ribot i Trafí





jueves, 3 de octubre de 2013

LIBROS SOBRE JOHN FORD


“Está claro que la obra de Ford no puede analizarse, ni siquiera abarcarse; se escapa por todas partes” (José Luis Garci)
              Una vez superados (casi) los ataques y la visión negativa planteados por críticos y espectadores pertenecientes a lo que podríamos llamar la“ pseudo-gili- progresía” (1) en los años 50-60 sobre la obra de John Ford aparecieron estudios defendiendo su cine en revistas y en formato de libro y ahora, en general, afortunadamente la opinión ha cambiado. No fue Ford el único cineasta vilipendiado, hubo varios más también rehabilitados, generalmente (repito), entre ellos podríamos citar a Raoul Walsh, p. e. De aquello solo quedan los escritos y el recuerdo de una visión equivocada (esclavos muchas veces de una ideología política) causante de vergüenza ajena, al revés de lo que decían/escribían, de una ignorancia total sobre el cine, de la incapacidad total de ver más allá de sus narices y de una falta total de sensibilidad artística. Recordemos, años después, en un estudio sobre Raoul Walsh el comentarista dijo, refiriéndose a los ataques perpetrados contra Ford: “…No es momento de pasar revista, adoptando la terminología militar, a la ineptitud de la crítica hispana…” y un realizador catalán en un periódico declaró: “Las películas de Ford no han cambiado, los estúpidos sí…”. Son dos reacciones que transcribo literalmente. Afortunadamente la visión se transmutó, vinieron otros críticos mucho más abiertos, mejores y más entendidos, y ahora en algunos ambientes de esta “pseudo progresía” es “políticamente correcto” defender la obra de Ford y de otros perjudicados (es interesante el artículo de Miguel Marías en la revista “Nosferatu”, primavera 2002, número monográfico dedicado a John Ford, 2). Después se vio que Ford era el más grande y si en verdad --- y por supuesto --- “Sobre gustos no hay nada escrito” pero “sobre la realidad clara y demostrada si hay escrito” y el estilo de Ford puede gustar o no pero al estudiar su obra --- visionando sus películas principalmente y leyendo algún libro después --- veremos que es uno de los máximos creadores del 7º arte; para muchos, entre los que se cuenta un servidor, es el mejor. Añadiría la afirmación de Miguel Marías, totalmente de acuerdo con ella: Se ufanaban de despreciar a Ford, descalificándole con “razonamientos” tan confusos y especiosos como retorcidos e inadecuados.
He escrito varias veces sobre Ford y creo interesante resumir su bibliografía, especialmente en castellano, recordando que los estudios en forma de libro empezaron a aparecer cuando se produjo la transmutación técnico-ideológica sobre el cine de Ford. Francia fue el primer lugar de Europa donde “oficialmente” comenzó a defender y a apreciarse la obra de Ford (por supuesto había críticos y espectadores que ya lo habían reconocido); más adelante, y como ha pasado algunas veces, por cierto mimetismo, llegó a España. Fue en 1954 cuando Jean Mitry publicó en dos tomos de bolsillo su “John Ford” (Editions Universitaires, París) con algunas especulaciones muy acertadas e interesantes que invitaban a la reflexión (en la misma colección apareció el primer estudio en libro de Anthony Mann) y en 1965 se editó en un solo volumen. Recordemos que existe una edición española a cargo de Editorial Rialp (Madrid, 1960) que nunca he visto (poseo comprada de segunda mano la edición francesa original en dos tomos). En Italia apareció el segundo estudio, “John Ford”, de Tullio Kezich en Colección “Piccola Biblioteca del Cinema” nº 10 (1958). Volvamos a Francia para encontrarnos con un jalón verdaderamente importante en la bibliografía fordiana: el “John Ford”, de Philippe Haudiquet en la clásica colección de “Cinema d’Aujour d’hui” de Editions Seghers, 1966), también editado en pequeño formato aportando substanciosas ideas como las del capítulo biográfico sobre el cineasta, “Un poete de l’Ecran” (“Un poeta de la pantalla”, si traducimos literalmente) centrado en las sensaciones líricas de su obra o el de los juicios técnicos y el del estudio personalizado sobre “Las uvas de la ira” y “El gran combate”. Hay varios estudios en revistas y libros dedicados a varios realizadores o el tratamiento en forma parcial, no integral, hasta llegar a la conocida obra del realizador y crítico cinematográfico Peter Boganovich, “John Ford”, editada por primera vez en Londres (1967) y posteriormente en California (1968) aunque nosotros la conocemos por la traducción en castellano de Editorial Fundamentos (Madrid, 1971 y 2ª edición en 1983). El libro entero  --- también en pequeño formato --- es una inmensa entrevista donde Ford es preguntado y habla de su trabajo película por película, manifiesta su admiración por D. W. Griffith y comenta --- en ocasiones con su característico hablar y ser  jocoso --- sus films, lo que le gusta, lo que no le gusta, los problemas de rodaje y lo que no se acuerda. No resisto extractar lo dicho sobre “Fort Apache” (“Fort Apache”, 1948) en referencia a su personaje, el teniente coronel Owen Thursday (interpretado por Henry Fonda), inspirado en el tristemente general George A. Custer:
PETER BOGDANOVICH- El final de “Fort Apache” se adelanta a lo dicho por el director del periódico de “El hombre que mató a Liberty Valance”: ”Cuando la leyenda se convierte en realidad, se publica la leyenda”.
JOHN FORD- Sí, porque creo que esto es bueno para el país. Hemos tenido mucha gente que se decía eran grandes héroes y no lo fueron, se sabe perfectamente. Pero al país le conviene tener héroes que admirar. Como Custer, un gran héroe. Pues no lo fue
Quizás el mejor estudio sea el completísimo “John Ford, el arte y la leyenda” escrito por Quim Casas (colección “Digerido por…”, Barcelona, 1989), agotado ya. Vida, obras, períodos, peripecias de nuestro hombre además de citar las correspondientes lagunas. En verdad este título es un clásico, profusamente ilustrado, de la bibliografía fordiana. Consta de un prólogo, “La hermosa vigencia de los clásicos” deberían leerlo quienes se llaman aficionados al cine (todos), catorce capítulos (el 14, “Siete mujeres para una despedida”, el 4 se refiere al film que dio cartas de nobleza al western y su base literaria, “Maupassant en Monument Valley”), el epílogo (“Una forma inimitable de hacer cine”) y cuatro anexos muy valiosos para el conocimiento del lector: I) Entrevista con Robert Parrish, II) Ford y la televisión, III) Proyectos no realizados y colaboraciones, IV) Filmografía y V) Bibliografía seleccionada, todo ello en 495 páginas sin ningún desperdicio en ninguna de ellas.
Un año antes (1988) la Filmoteca Nacional publicó una voluminosa obra, “John Ford” con artículos de diversos autores, tanto nacionales como extranjeros. Se nos da una versión amplia y apasionante con análisis de muchas de sus películas y temas. Se incluye aquí aquel artículo de un autor que --- superadas las injustas y falsas críticas antes citadas --- intenta hacer un análisis “marxista” de la obra de Ford cayendo otra vez en el absurdo ya que su cine está mucho más allá de clasificaciones y parámetros “políticos” (varios de los ataques provenían del hecho que el realizador fuera cristiano), su base son las personas (¿acaso no se han dado interpretaciones” políticas” de la persona Jesucristo, jugando a los despropósitos, acaso no se ha analizado incongruentemente su doctrina, el seguimiento y la práctica de esta como de “derechas” o de “izquierdas” cuando es infinitamente más grande que todo esto?), sus problemas, sus frustraciones, sus triunfos o sea la vida humana en general …
El “John Ford” de Joseph McBride y Michael Wilmington (Ed. Seker and Warburg, Londres, 1974) es ya un clásico. Existe una edición española (1984) a cargo del Editorial Juan Carlos Rentero, Madrid (nº. 14/15 de la Colección Directores de Cine). Como otros escritores sobre cine dedica un espacio al estudio del monografiado y una serie de capítulos a obras seleccionadas por el autor además de los anexos sobre filmografía y biografía. El mismo Joseph McBride dio una completa y extensa biografía y análisis del trabajo fordiano a base de muchas horas y días de entrevistas y su aportación personal: “Searching for John Ford” (Ed. S. Martin Press, U. S. A., 2001) y en marzo del 2004 apareció la edición española de T & B Editores (Madrid), “Tras la pista de John Ford” de 846 páginas. Aunque en verdad tiene algunos puntos discutibles es un trabajo eficaz para todos los niveles de lectores; hay un poco de “husmeo” en cuestiones, manías y defectos de la vida privada pero sin llegar al extremo de Donald Spoto y Cia. De lectura indispensable.
Más esquemático y breve que el de que el de Quim Casas es el “John Ford” de Francisco Javier Urkijo (1991) publicado por Ediciones Cátedra en su colección “Signo e Imagen/Cineastas” (nº 5). A pesar de ello considero que da puntos muy interesantes, especialmente los dedicados a las aportaciones (totales y parciales) de Ford a la técnica y narrativa cinematográfica con detalles inéditos. En su momento el libro fue denostado por alguna reseña ya que el autor no pertenece a la “cuerda” de los amiguetes del crítico.
Otras dos obras extrajeras vinieron a enriquecer la biografía fordiana en castellano: 1) “Print the Legend: The Life and Times of John Ford” escrito por biógrafo y crítico literario Scott Eyman en 1999 (Ed. Simon & Schuster, Nueva York) y traducido al castellano por T & B Editores como “Print the Legend, La vida y la época de John Ford” en 2001, libro irregular, pero con detalles inéditos (ya por ello vale la pena adquirirlo), narrado en sucesión cronológica (614 páginas) y 2), el de Linsay Anderson, crítico y realizador el cual también conoció a Ford, a quien admiraba profundamente, y logró arrancarle declaraciones (también de actores y técnicos que trabajaron con él) que constituyen la base del libro junto a pertinentes análisis suyos. Algunos comentarios son superficiales y también discutibles, otros entran en el puro chismorreo pero por los detalles desconocidos hasta la fecha vale la pena (una vez más) la adquisición de este “About John Ford” (Ed. Plexus, Londres), publicado en 1981 y su traducción española de Ediciones Paidós (Barcelona, 2001), “Sobre John Ford” (Colección “La memoria del cine”, nº 11).
Desgraciadamente no hay edición en castellano de las dos muy importantes libros de J. A. Place publicadas por la prestigiosa firma Citadel Press de Nueva York: “The Western Films of John Ford” (1878) y “The Non- Western Films of John Ford” (1979). Como los títulos indican son dos estudios, uno sobre sus películas del “Oeste” y otro sobre las que no son del Oeste, separados pero totalmente complementarios. Se analiza película por película.
Hay una obra de la famosa Editorial Taschen editada en Alemania en inglés e impresa en Italia, de Scott Eyman y Paul Duncan (editor) donde destacan las magníficas (algunas exuberantes) fotografías y el texto bien ajustado e interesante en concordancia al tipo de publicación deseado: en castellano apareció como “John Ford” subtitulándose “Las dos caras de un pionero, 1894- 1973”.
Lo último salido al mercado es la edición española del libro ya clásico, también, de Tag Gallagher, “John Ford, the Man and his Films” (University of California Press, 1986), siendo publicado en España por Ediciones Akal S.A. (Madrid) en 2009. “John Ford, el hombre y su cine” está divido por períodos donde predominan ideas y acontecimientos en la vida del realizador circulando en ellos el análisis y comentarios de todos sus films (767 páginas, el más voluminoso de la bibliografía). Me parece igualmente indispensable.
La bibliografía de Ford es mucho más extensa. Me he limitado a comentar brevemente los volúmenes que han caído en mis manos y descansan en mi biblioteca de aficionado y coleccionista, ya con años a cuestas…
                                                                        Narcís Ribot i Trafí

1)- La “pseudo-gili-progresía” no necesariamente ha de militar en algún partido político. Es algo etéreo pero se hace notar, a veces callan a veces gritan levantando la voz escandalosamente. Muchos somos progresistas en el buen sentido de la palabra (avance de la ciencia positiva para el ser humano --- no para fabricar bombas y armas de destrucción --- y medicina, lucha contra el paro, mejoras sociales, prioritaria ayuda a los necesitados, fomento de la cultura, etc.) pero los citados actúan irreflexivamente sobre “Lo que ha de defenderse”, “Lo políticamente correcto”, confundiendo libertad con libertinaje y con la autoconcedida libertad de “dictar al mundo como ha de dirigirse” en palabras de Pablo Molina, autor de un lúcido ensayo sobre el fenómeno: “La dictadura progre” (Sekotia S.L., Madrid, 2006). Según el autor, el daño a la cultura y a la moral es incalculable…
2)- Miguel Marías, gran fordiano, tiene varios escritos de los cuales destacaría “John Ford o la emoción” y “Searching for John Ford”, donde comenta la bibliografía sobre el realizador. Ambos escritos están en la revista “Nikel Odeon” (primavera 2002, nº 26). Más que una revista este monográfico coral por su extensión es prácticamente un libro.

También destacable la revista “Nosferatu” (abril- 2002) donde se nos ofrece otro estudio coral del realizador hasta el año 1947: “El joven Ford”.